Conoce Rubite
Historia, tradiciones y cultura de la Alpujarra
Rubite es un pueblo blanco y limpio que ha sabido conservar en sus calles y en sus gentes todo el encanto de la Aplujarra baja. La tranquilidad de sus calles de trazado morisco y la hospitalidad de sus gentes hacen de Rubite un rincón especial en el que el turismo masivo aún no ha hecho mella. Su localización geográfica permite disfrutar del mar y de la montaña, contando en su término municipal con las playas del Lance y de Casarones.
El paisaje que rodea el pueblo es bellísimo, formado por una conjunción armónica entre las formas de relieve montañoso, los barrancos caprichosos e imposibles, las manchas de vegetación natural y los cultivos tradicionales del almendro, la vid y la higuera, con el Mar Mediterráneo a sus pies y las cumbres de Sierra Nevada como techo.
El origen de “Los güenos de Rubite”
A los vecinos de Rubite se les ha llamado desde siempre “los güenos de Rubite”. Es una expresión que aún hoy se escucha cuando alguien responde con orgullo a la pregunta:
- ¿De dónde eres?
- De Rubite.
- De los güenos de Rubite!
Pero, ¿de dónde viene este apodo tan peculiar? Su origen se encuentra en una historia que se remonta a principios del siglo XIX, durante la Guerra de la Independencia.
Por aquel entonces, existía en el pueblo una familia apellidada Bueno, que se había asentado en Rubite en el siglo XVIII tras recibir tierras de cultivo. Con el paso del tiempo, la familia creció y se estableció firmemente en la zona, dedicándose principalmente al cultivo de la vid. Poseían terrenos en el pago de la Escarihuela y otros cercanos, además de un cortijo —hoy conocido como “Los Güenos”— que utilizaban para vigilar los paseros de uva, frecuentemente atacados durante la época de recolección.
En el año 1810, en pleno conflicto contra las tropas napoleónicas, se produjo el hecho que daría origen a la leyenda. Según la tradición, una patrulla del ejército francés fue sorprendida en las tierras de la familia Bueno. José, Antonio y Ramón —miembros de la familia— armados con hoces y herramientas agrícolas, atacaron a los soldados y acabaron con ellos.
La noticia se extendió rápidamente por la zona, y aquellos hombres fueron considerados héroes locales. Con el tiempo, el apellido Bueno quedó asociado a este episodio, y de ahí surgió el sobrenombre con el que hoy se conoce a los habitantes del pueblo.
Curiosamente, el apodo “los güenos de Rubite” se utiliza a menudo con un matiz irónico, pero siempre ligado a esta historia que forma parte del patrimonio y la identidad local.
Nota:
Escarihuela: zona de cultivo de Rubite dedicada antiguamente a la vid; en la actualidad predominan los almendros y el monte.
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Tradiciones de Rubite

Representación de "El baile de la piñata"
El baile de la piñata
Como su nombre indica, se trata de un baile que se celebraba el domingo de Piñata, al término del Carnaval. El objetivo principal de esta celebración era nombrar y coronar al Rey y la Reina de la Piñata. Para ello, se preparaba una habitación decorada de forma especial, completamente cubierta con colchas de seda, tejidos adamascados, mantones, muñecas, lazos y cintas bordadas por las jóvenes del pueblo, que los mozos habían recogido previamente durante las fiestas, recorriendo las casas con mulos.
En el centro de la estancia se colgaba un canasto boca abajo, lleno de rosetas (palomitas de maíz). La boca del cesto se cerraba con una tela decorada con múltiples cintas colgantes. Solo una de esas cintas era la que permitía abrir el cesto y hacer caer las rosetas, dando así inicio al momento más esperado de la noche. Al llegar la medianoche, se procedía a tirar de la piñata. Para ello, las parejas pasaban bajo ella mientras bailaban piezas como el pasodoble o la mazurca. Con antelación, los muchachos solían pedir baile a la muchacha con la que deseaban compartir ese momento, ya que si lograban hacer caer la piñata, ambos eran nombrados Rey y Reina.
Este título tenía un significado especial: les otorgaba el privilegio de bailar juntos durante toda la noche delante de todos los asistentes. Las madres de las jóvenes también acudían al baile, velando por el comportamiento de sus hijas. Una vez proclamados los reyes de la Piñata, ambos recorrían la sala con una bandeja ofreciendo copas de aguardiente, ponche y dulces a todos los asistentes, como invitación a la celebración.
Actualmente, en algunos carnavales todavía se conserva esta tradición, aunque ha perdido en gran parte el sentido original con el que se celebraba en el pasado.





Los tiestos o tirar tiestos
Las pandillas de jóvenes solían quedar por las noches para “tirar tiestos”, es decir, restos de tejas, macetas con o sin tierra y otros objetos similares. Estos se arrojaban a las puertas de las chicas a las que pretendían. Años más tarde, esta costumbre también fue adoptada por grupos de chicas, que los lanzaban a los chicos.
La vendimia
La vendimia se realizaba a finales de septiembre y durante el mes de octubre, aunque en algunos años se prolongaba algo más. Las uvas se cortaban y se colocaban en capachos que eran transportados por mulos. De este modo se llevaban hasta las puertas de las bodegas, y desde allí al lagar, donde se pisaban para extraer el mosto. Posteriormente, el caldo se trasladaba a barricas o toneles, generalmente de roble, donde permanecía en reposo durante varios meses.
En Rubite existía antiguamente una gran cantidad de viñedos y una importante tradición vitivinícola, muy diferente a la situación actual, ya que hoy en día quedan pocas viñas en el pueblo. Muchas de las antiguas plantaciones se perdieron a causa de una plaga.
Los niños de aquella época recuerdan que, cuando llegaba la vendimia, iban a las bodegas para comer uvas, algo que consideraban lo mejor del año, especialmente si eran uvas montúas.
En algunas familias, parte de la uva se reservaba para hacer pasas, que se consumían durante todo el año como postre o como un auténtico manjar.


La Lumbrenaria
Existía la tradición de celebrar el día de San Antón haciendo una lumbre, o mejor dicho, varias, ya que se encendía una en cada barrio. Los niños, que eran quienes se encargaban de traer las gayombas, se esforzaban por acarrear la mayor cantidad posible para conseguir que la lumbre de su barrio fuese la más grande. Aunque no había premios, para ellos era un auténtico orgullo que la suya fuese considerada la mejor.
No era una fiesta solo de niños, pues también participaban los mayores, que arrojaban algo al fuego en honor a San Antón, patrón de los animales. Mientras tanto, los jóvenes hacían corros alrededor de la hoguera cantando coplas populares.
Cuando todas las lumbres estaban encendidas, el espectáculo era precioso. Algunas veces coincidía con una nevada, y entonces los copos blancos se mezclaban con las chispas rojas del fuego. Lo que ya de por sí era hermoso se transformaba, casi por arte de magia, en una escena maravillosa y fantástica.
El aguilando de Navidad
EL aguilando se celebra el día de Navidad, es decir, el 25 de Diciembre. Este día se reúnen los vecinos del pueblo con botellas de anís vacías, platillos de cocina, almireces y actualmente panderetas y otros instrumentos.
Los vecinos van de casa en casa donde son recibidos con mantecados, copillas de anís, mazapanes, etc.
Hacer la petaca
Las mozuelas solían ir a las casas de los mozuelos, procurando siempre que la madre no las descubriera. Subían entonces a los dormitorios y deshacían la cama para “hacer la petaca”, una broma muy popular de la época.
La travesura consistía en colocar la parte del embozo de la sábana superior debajo de la almohada, igual que la sábana de abajo. Después, doblaban la otra mitad de la sábana superior de tal manera que el extremo de los pies volvía a hacer de embozo. Así, cuando el mozo iba a acostarse, se encontraba con que no podía estirar las piernas dentro de la cama. En otras ocasiones, también le echaban sal entre las sábanas.
Aprovechando la ocasión, algunas veces añadían más bromas: echaban bicarbonato en la escupidera —ya que entonces no había cuartos de baño en las casas— y, si tenían tiempo suficiente para no ser descubiertas, vestían un muñeco con la ropa del muchacho y lo colocaban al pie de la escalera para asustar a los dueños de la casa.
Juegos antiguos
Como no había TV y aún cuando hubo, los niños y niñas del pueblo antes jugábamos a lo que fuera, el caso era jugar, al quema, al pirri (rayuela en otros sitios), a la piola, al pilla pilla, a la comba, a policías y ladrones, al aro, a las escondidillas, carreras de Zancos.
Los resbalizos o resculizos que hacíamos aprovechando los barrancos nos servían como toboganes, y para no mancharnos la ropa nos protegíamos con plásticos o cartones, pero iclaro que cuando fallaban! la paliza estaba asegurada.
Los chicos hacían con unas maderas a las que le ponían cuatro ruedecillas o cojinetes y subidos en lo alto se dejaban caer por las cuestas del pueblo. También jugaban al fútbol, pero como no había campo, lo hacían en un trozo de carretera a la entrada del pueblo, llamada «La trinchera», porque a ambos lados de la calzada está protegida por la elevación del terreno. Encandilaban pájaros de noche con linternas y hacían con las cañas huecas una especia de canutos que utilizaban a modo de lanzadera con los huesos de las almecinas. También se hacían agarejo unos a otros, echándose saliva y tierra en sus partes, y cuando se pillaba a alguien orinando en algún rincón, se le voceaba: acuir, acuir, un niño está meando aquí.
El Virchi – el mocho o los tacos
El virchi es un juego tradicional muy antiguo que se practicaba con dos palos: una vara larga y otra más pequeña, ambas con las puntas afiladas.
El juego consistía en golpear la vara pequeña con la grande, dándole en una de sus puntas para hacer que saliera despedida por el aire. Si la pieza pequeña no salía volando, el jugador perdía el turno; en cambio, si conseguía lanzarla lejos, ganaba.
Este juego también era conocido en algunos lugares como el mocho o los tacos.
Los botones
Al igual que durante muchos años se jugó a las canicas, antiguamente los niños y las niñas también jugaban a los botones. El juego consistía en hacer un agujero en el suelo e intentar introducir los botones dentro de él; quien conseguía colarlos ganaba la partida.
Para poder jugar, muchos niños cortaban los botones de su propia ropa con unas tijeras, algo que provocaba el enfado de sus madres, ya que después tenían que volver a cosérselos. Aun así, ellos seguían quitándolos para poder continuar jugando.
Paparroma
En este juego un niño o niña se agachan y los demás tienen que saltar uno encima del otro y el que se caiga antes ha perdido.
Carreras de Zancos
Con dos latas vacías de tomate, Cola Cao u otros productos, se hacían dos agujeros paralelos en la base de cada lata, atravesando el diámetro de la circunferencia. Por ellos se introducían unas cuerdas largas que servían de asas. Después, los niños se subían encima de las latas y, sujetando las cuerdas con las manos para mantener el equilibrio, caminaban sobre ellas haciendo carreras y competiciones entre amigos. Era un juego sencillo, pero muy divertido, que ponía a prueba la habilidad y el equilibrio de cada participante.
El pirri
El pirri era un juego tradicional infantil que se dibujaba en el suelo formando ocho cuadros. Para jugar, se utilizaba una piedra llana que se colocaba en el primer cuadro. El jugador, a la pata coja, debía ir empujando la piedra cuadro por cuadro hasta llegar al final del recorrido.
Mientras avanzaba, iba preguntando en cada cuadro: “¿Piso?”, y los demás jugadores respondían “sí” o “no”, según correspondiera.
Después se cogía un chino —una pequeña piedra— y se lanzaba sobre uno de los cuadros. El cuadro donde caía pasaba a ser propiedad del jugador, y los demás participantes ya no podían pisarlo. El juego continuaba de esta manera hasta completar todos los cuadros.
Otras tradiciones
Ir de gastos
“Ir de gasto” era la excusa o el pretexto que tenían los jóvenes para reunirse y celebrar una fiesta. Se juntaban por pandillas y, entre todos, aportaban dinero para comprar gallinas, conejos, pollos, bebida y otros alimentos. En algunas ocasiones, también “tomaban prestado” algún producto de algún vecino para preparar la comida.
Mientras guisaban, tocaban la guitarra o el laúd, cantaban y bailaban, creando un ambiente alegre y festivo. Como broche final, solían hacer una “cuela” por todo el pueblo, recorriendo las calles entre música y diversión.
Con la llegada de los “picús” —los tocadiscos de la época— estas reuniones continuaron celebrándose, aunque ya acompañadas de música moderna. Aún hoy en día, aunque muy de vez en cuando, esta tradición sigue recordándose y practicándose.
Los dichos
Las pandillas de mozuelos preparaban dos bolsas en las que se introducían en una papeles con los nombres de las mozas y en la otra los de los mozos. Con antelación se escribían unos versillos con picailla, que cada mozuelo, en la noche de año nuevo después de las campanadas, tenían que dedicar a la mozuela que le tocara sacar de la bolsa.
Por ejemplo:
- Debajo del reloj vivo, enfrente al Ayuntamiento, déjame niña bonita que te toque el instrumento.
- De Rubite el alto vengo roando como un melón solo por venir a verte serrana de mi corazón.
- El cura de la parroquia le ha hecho un niño a mi madre, dios se lo pague al cura ya tengo un hermano fraile.
- Todo el hombre que se casa con una mujer bonita hasta que no llega a viejo el susto no se le quita.
- El hombre que se enamora de una mujer de teatro es como el que tiene hambre y le dan bicarbonato.
- Debajo del delantal tienes un conejillo y yo una pistolilla ¿quieres que te tire un tirillo?
- Eres más bonita niña que la nieve en el barranco, el clavel en la maceta y la azucena en el campo.
- En tu puerta me cague pensando que me querías y ahora que no me quieres dame la mierda que es mía.
- Va diciendo tu madre por piedras de lavadero, que soy un huevo sin sal arrimado a tu salero.
- Se pensaría tu madre que en la jaula me tenía, pues la jaula estaba rota y yo por los claros salía.
- Con esa cara tan fea, esa cabeza de burro cara de limón «podrio», cuando te veo me aburro.
- Olías corral de vacas Fregenite el espartar Rubite jardín de flores porque esta situado frente al mar.
- En Olías compre un huevo en Fregenite el aceite y en la ciudad de Barjis lo comimos entre veinte.
- Yo me case con un viejo por hartarme de reír le puse la cama en alto y no se podía subir.
- Tienes una cinturita que anoche te la medí con la cincha de mi burra y cincuenta vueltas te di.
- En tu puerta planta un guindo en tu ventana un cerezo si no te quieren los mozos tapate el culo con yeso.
- Desde tu puerta a la iglesia he de poner un almendro para cuando salgas de misa tu partiendo y yo comiendo.
- Eres como la veleta que esta en la torre encendida, y después de ser veleta eres tonta y presumida, hechicera y alcahueta.
Los resbalizos
En aquellos años no existían toboganes en el pueblo, pero la falta de juegos infantiles se suplía con ingenio, imaginación y también con una buena dosis de valentía. Los niños construían sus propios “resbaladizos”, nombre con el que conocían a unas improvisadas pistas de deslizamiento hechas sobre pendientes de tierra. Para ello buscaban laderas empinadas, casi siempre formadas por escombros de construcción, algunas con inclinaciones muy pronunciadas que quedaban reservadas únicamente para los más expertos. La tierra se mojaba primero con agua para compactarla y hacerla más lisa. Cuando no había agua cerca, los propios muchachos recurrían a cualquier método disponible para humedecer la superficie y poder preparar la pista.
Después comenzaban a deslizarse una y otra vez para marcar el recorrido y darle forma al resbaladizo. En ocasiones añadían trozos de “chumba” para conseguir que la superficie fuese todavía más rápida y resbaladiza. Las primeras bajadas servían de prueba y normalmente eran realizadas por los más pequeños, mientras los mayores observaban hasta comprobar que la pista estaba en condiciones.
El descenso se hacía en cuclillas, apoyando un pie en el suelo y adelantando el otro para mantener el equilibrio. Algunos de los mayores utilizaban incluso tablas arqueadas de madera procedentes de toneles, lo que les permitía alcanzar velocidades aún mayores. El verdadero desafío llegaba al final de la pendiente, cuando había que intentar detenerse sin frenos y evitando caer rodando cuesta abajo.
Muchos de aquellos resbaladizos terminaban entre matorrales, piedras o pequeños barrancos, por lo que las caídas y los golpes eran frecuentes. Aun así, los accidentes graves eran escasos y la mayoría de las veces todo terminaba entre risas, barro y ropa rota. Al acabar la jornada, los niños buscaban la forma de limpiar como podían los pantalones embarrados antes de regresar a casa. Se sentaban sobre los manrubios que crecían en los alrededores y esperaban a que el barro se secara para poder sacudírselo y disimular las manchas, intentando evitar así las regañinas de sus madres.
El resbaladizo fue durante muchos años uno de los juegos más populares entre los niños del pueblo, una muestra de cómo, con muy pocos recursos, eran capaces de convertir cualquier rincón en un espacio de diversión y aventura.
El papús

Representación de "El papús"
En aquellos años, los niños del pueblo no tenían patinetes, patines y mucho menos bicicletas. Los únicos medios de transporte habituales en la comarca eran el mulo y el burro, por lo que cualquier vehículo con motor despertaba una enorme curiosidad y se convertía inmediatamente en motivo de diversión. La falta de juguetes y entretenimientos modernos obligaba a agudizar el ingenio para buscar nuevas formas de aventura.
Uno de los vehículos más recordados de la época era un motocarro que subía al pueblo para comprar higos y almendras. Todos lo conocían como “el Papús”, apodo que recibía por el sonido tan característico de su bocina de pera, cuyo ruido recordaba precisamente a ese nombre.
Aquel motocarro, como tantos otros de entonces, no era más que una motocicleta adaptada con una caja de carga en la parte trasera para transportar mercancías. Eran vehículos humildes y de escasa potencia, pero desempeñaron un papel fundamental en unos años en los que la sociedad rural comenzaba lentamente a salir de la pobreza y de las dificultades económicas que habían marcado generaciones enteras.
Su motor apenas tenía fuerza para superar las pronunciadas pendientes de la orografía de la zona. En ocasiones, el propio conductor debía bajarse para empujar mientras el vehículo avanzaba lentamente cuesta arriba. Caminaban tan despacio que cualquiera podía adelantarlos andando. Aquellos motocarros parecían casi domésticos, sencillos y entrañables, muy distintos de los vehículos modernos, rápidos y complejos.
Precisamente esa lentitud los convertía en el objetivo perfecto de las travesuras infantiles. Cuando el “Papús” llegaba al pueblo, los niños se apostaban en lugares estratégicos, especialmente en la curva de la Trinchera, donde el vehículo reducía aún más la velocidad. Aprovechando un descuido del conductor, corrían para engancharse a la parte trasera de la caja y disfrutar de un pequeño paseo clandestino.
El conductor solía darse cuenta inmediatamente de lo que ocurría, pero muchas veces no podía detenerse en plena cuesta porque después le resultaría imposible volver a arrancar el motocarro debido a la escasa potencia del motor. Por ello, los muchachos tenían asegurado el paseo al menos hasta llegar a una zona más llana.
Era entonces cuando comenzaba la parte más divertida —o más peligrosa, según se mire—. El conductor se bajaba del motocarro sin llegar a detenerlo, dejándolo avanzar lentamente mientras recogía piedras de la cuneta para espantar a la chiquillería entre gritos y maldiciones. Cuando lograba alejarlos lo suficiente, corría de nuevo hasta alcanzar el vehículo y continuaba su camino mientras los niños buscaban una nueva distracción.
Mucho más arriesgado resultaba engancharse a los pocos camiones que llegaban al pueblo. El verdadero problema aparecía en el momento de soltarse. Aunque los muchachos no conocían las leyes de la física, entendían perfectamente, por experiencia, los efectos de la inercia. Sabían que, si saltaban mal, el impulso del camión podía hacerles perder el equilibrio y acabar arrastrándolos por el asfalto.
Las caídas eran frecuentes y los raspones en manos, rodillas y cara formaban parte habitual de aquellas aventuras. Lo peor era golpearse la boca contra el suelo, pues los dientes podían partirse o clavarse contra el asfalto. Por eso, los mayores enseñaban a los pequeños la técnica correcta: antes de soltarse había que correr unos pasos acompañando la velocidad del vehículo y darse un pequeño impulso para evitar caer hacia delante.
Como en tantos otros juegos de aquella época, todo requería aprendizaje, práctica y valentía. Y aunque las heridas y los golpes eran frecuentes, aquellas pequeñas aventuras quedaron grabadas para siempre en la memoria de toda una generación.
Las albercas
En aquellos años tampoco había piscina en el pueblo. Sin embargo, lejos de considerarse una carencia, aquello formaba parte natural de la vida cotidiana. El verano llegaba acompañado del calor, de los días largos y del reencuentro con amigos y familiares que regresaban al pueblo trayendo noticias del “exterior”. Pero, por encima de todo, lo que realmente interesaba a la chiquillería era la temporada de baños en las albercas.

Con la llegada del buen tiempo comenzaba a funcionar una auténtica red informal de información infantil. Sin necesidad de organización alguna, todos terminaban sabiendo qué alberca estaría disponible aquel día para bañarse. Y no bastaba con que tuviera agua: también era importante saber si el regante o el propietario andaban ocupados en otras tareas y no aparecerían para expulsar a los muchachos.
Las albercas formaban parte inseparable de la infancia veraniega. Cada una tenía sus características y también sus preferencias entre los niños. Estaba “La Fuente de los Ríos”, de aguas frías y cristalinas; “El Lairón”, pequeña y poco profunda, ideal para los más pequeños, con un agua templada y agradable en la que apenas se podía nadar sin rozar el fondo; o “La Fuente de la Zarza”, una de las más grandes y profundas, reservada para los más atrevidos.
Más alejada se encontraba “La Solanilla”, a la que solo se acudía en casos de necesidad debido a la distancia. También estaba la alberca Vicente, situada donde hoy se encuentra el escenario de la pista de baile. Era una alberca cercana y accesible para los niños pequeños, y sobre ella aún se recuerda la anécdota protagonizada por una muchacha que, viendo a un amigo con dificultades para mantenerse a flote, decidió sacar el tapón de desagüe para vaciar la alberca y evitar que pudiera ahogarse.

Sin embargo, las favoritas de la mayoría eran “La Sepulturilla” y “El Cerrillo”. Esta última, todavía en uso, destacaba por sus aguas limpias y cristalinas y por encontrarse junto al pueblo. “La Sepulturilla”, aunque algo más alejada, compensaba el paseo con sus grandes dimensiones y la calidad de su agua, que permitían bañarse y nadar cómodamente. Además, su propietario toleraba la presencia de los niños, algo que no siempre ocurría en otras albercas, donde algunos dueños llegaban incluso a esconderles la ropa como castigo, obligándolos a regresar a casa desnudos.
“El Cerrillo”, por su cercanía, era la más frecuentada durante el recreo escolar. Bastaban apenas unos minutos para correr desde la escuela hasta la alberca. Muchas veces los muchachos salían ya preparados para lanzarse directamente al agua, aprovechando al máximo el escaso tiempo disponible antes de regresar apresuradamente a clase.
Entre las muchas anécdotas que dejaron aquellos baños, aún se recuerda la de un muchacho que, al llegar corriendo a la alberca y preguntar desde lejos si tenía suficiente agua, recibió como respuesta que estaba llena. Sin detenerse siquiera a comprobarlo, se lanzó de cabeza y descubrió demasiado tarde que apenas cubría medio metro. Afortunadamente, como tantas otras veces, todo quedó en un susto y algunas rozaduras.
Después del baño llegaba la parte más difícil: regresar a casa procurando que las madres no descubrieran aquellas escapadas. Si lo averiguaban, las regañinas estaban aseguradas. Pero nada de eso impedía que, al día siguiente, los niños volvieran de nuevo a las albercas en busca de otro baño y otra aventura.
El tiempo de la fruta
Durante el verano también eran frecuentes las excursiones al campo en busca de fruta. Muchas veces se realizaban de noche para evitar ser vistos, aunque otras se hacían durante el día, siempre con mucho sigilo y precaución. Para los niños de entonces, la fruta era un auténtico manjar y despertaba una ilusión difícil de imaginar hoy en día. Los albaricoques, nísperos y ciruelas eran algunas de las frutas más apreciadas.
En aquellos años, la fruta tenía un gran valor y los propietarios cuidaban con esmero sus árboles y cosechas. Por eso, nadie estaba dispuesto a permitir que le robaran ni la más pequeña parte de su producción. Los muchachos debían vigilar atentamente el momento adecuado, esperando a que no hubiera nadie cerca para acercarse a los huertos y campos.
Cuando el camino quedaba libre, corrían hacia los árboles frutales y trepaban a nísperos, albaricoqueros, perales, higueras brevales y cualquier otra planta cargada de fruta. Allí permanecían hasta quedar completamente saciados, disfrutando de un alimento que para ellos resultaba casi un lujo. Más delicadas eran las incursiones en busca de sandías y melones. A diferencia de otros cultivos, pocos agricultores tenían grandes plantaciones de estas frutas. Normalmente cada familia cultivaba solo unas cuantas plantas, cuya producción era limitada y muy valiosa. Con el paso del tiempo, muchos comprendieron el esfuerzo que suponía cuidar aquellas matas durante meses para obtener apenas una decena de frutos.
Sin embargo, la impaciencia y la falta de experiencia de los niños hacía que, en muchas ocasiones, cortaran varios melones o sandías sin saber realmente si estaban maduros. Después solo consumían el que estaba en buenas condiciones y abandonaban el resto entre los maizales. Más que aprovechar la fruta, terminaban dañando la plantación y desperdiciando parte de una cosecha que había costado mucho trabajo sacar adelante.